sábado, 25 de agosto de 2012

Mi cámara y YO

Desde hace algún tiempo volvieron las clases y con ellas, los trabajos grupales que, por cierto, son más prácticos ahora. Así empezó mi búsqueda para la fotografía perfecta: plano medio, en conjunto, primerísimo primer plano y el célebre "Gran plano general". Si la nota que el profesor pusiera fuera de acorde a las dificultades que una tiene para hacer esta toma, pff... Créanme, desde ya, hubiera aprobado el curso. ¡Y vaya que me costó! un par de zapatos (la caminata fue larga), un huevo (estaba asustadísima), mucha comida en dulces (esta vez sí rompí mi récord) y otra muda de ropa (no les diré por qué).

Todo estaba de lo más bonito cuando nos reunimos en el parque de la exposición: risas, paseada, y... ¡Foto grupaaaal! Iba de lo mejor, de no ser por mi selectivismo equivocado. Quería tomarle a las casitas japonesas, y resulta que a estas no se les da la gana de salir cuando se les enfoca desde arriba.
Ni modo, o era el dinosaurio de aspecto medio muerto en la laguna, o el Jesusito de pileta. No estaba para pensarlo mucho, así que me decidí por el jardín del niño Cristo. No fue tan difícil. La gente colaboraba animosa al decirles que estudiaba ciencias de la comunicación. La cuestión era tomarla de un lugar altote. Fácil, subí al Telesup haciéndome pasar por una estudiante más, y funcionó. Lo que sí estaba fastidiándome era subir esas odiosas escaleras, que iban cada vez más arriba, entonces ahí sí el vértigo hacía que se me pusiera la piel como un polluelo medio muerto.

Pero era la foto de Maya. Cuántas veces no me había ayudado ella con los trabajos, esperándome con paciencia, y encima, brindándome su apoyo en circunstancias que solo ella conoce. Tenía que subirme a algún sitio para capturar el plano grande. Mirando al rededor se me ocurrió; la altura indicada, la dirección perfecta: el museo metropolitano de Lima.

¿Cómo se entra a un museo sin pagar nada? ¿Y si no se cuenta con el tiempo necesario para recorrerlo todo? Un guardia llamado Edwin siempre puede ser de mucha ayuda. "Pongo en riesgo mi trabajo, y con eso, mi esposa", pero uno se aburre de la monotonía. Me llevó por 'el pasadizo'. Llegué directo al balcón y... tengo esto de castigo.


Ahora ya no pensaba en el por favor de Maya, pensaba en la mirada de desprecio 2012. Qué ayuda ni que nada, me iba a matar si no le llevaba la foto de su casita medieval tomada desde el cielo. Mi amiga da miedo a veces, pero es buena gente si no se le provoca. Mentira, es un pan de Dios. 
A todo esto, hechos valen más que palabras.

Estos fueron los amables señores que me ayudaron a tratar de tomar la foto de 'más plano general que se pueda'. Estaban trabajando colocando- ¿o desarmando?- un toldo para, lo que supongo, una feria. Ahí fue donde ataqué con mi cara de cachorrito: ¿me puedo subiiiiiiir?, y el contraataque: mejor pásanos tu cámara.



Entonces me di cuenta que no sabían hacer tomas. ¡¿Quién toma una foto con un árbol en medio?! Cuando se me ocurrió pedirles que nada obstaculice la imagen, y que además, saliera la casita medieval, me respondieron: "estamos trabajando".


Pensé que podía tomar desde arriba de las escaleras, pero decía prohibido. Me reí hasta que vi una rajadura y me entró miedo. Pensé subirme encima de una pileta, pero no llegué. Entonces fui en busca de un edifico grandote, grandote para tomar el gran plano generalísimo que lo único que tiene de gracioso es el nombre.
Por supuesto, no me dejaron subir, pero si ya había entrado al museo, este no me desanimaba. Esperé un rato y... Vigilante para qué te fuiste.


De tan solo mirar ya me cansaba, aquí estaba solo a la mitad de las escaleras. Quise tomar desde afuera, pero como salía solo la mitad ya que el edificio tapaba el panorama. Tenía que entrar a uno de los departamentos. Qué me quedaba. 


Y por fin llegué a uno de los últimos pisos. Toqué la puerta de la casa que daba justo al frente del parque, y me abrió un chico intelectual que se asustó un poco cuando le dije "¿puedo entrar a tu casa?" Hasta con la explicación recibí otro contraataque: mejor yo tomo las fotos.


Bueno, la ventana no se podía abrir, así que la tomó con todo y vidrio de luna. Al menos ya no era un árbol. Yo le daba indicaciones cada vez que lo hacía mal: "el mausoleo, el mausoleo, no el museooo; ese no, el otro mausoleooo..." Y por fin, aquí está, la dichosa foto.


Todo para que al final de bajar y subir toda esa escalera me dé cuenta que había un ascensor. Siempre yo tan despistada. Con todo, al final me dio hambre. Por cierto ¿Qué es esto? Es rara como yo, además tenía hambre y era barata.


 PD: La muda de ropa sirvió para cambiarme, ya que cuando estaba a punto de detener el autobús que me llevaba a casa, se pasó de largo dándome un salpicón de agua. El día anterior había llovido.

lunes, 6 de agosto de 2012

Y en vacaciones esto sucede


Parque de la exposición, Plaza San Martín, Parque universitaria, Abancay. Después de media mañana deambulando a carcajadas con Dante por casi todo el centro histórico, mi padre llamó. Aprovechando que trabajaba cerca, quedamos en encontrarnos para almorzar. Ni modo. Me esperaba en Jirón Callao. Sí. Esa calle por la que he pasado tantas veces, esa que recuerdo una vez cuando niña, y que volví a frecuentar los pasados meses recientes.

Una plática breve, muy amena claro, solo que mi mente jugueteaba de cuando en cuando. Era inevitable. El Koki inocentemente había escogido un restaurante justo en frente donde estaba el camino hacia la casa de Gerardo.

Regresó al trabajo. Llamé a Dante de nuevo. “¿Dónde estás?” “En mi casa…tengo un percance… tengo que esperar a que vengan… estaré allí como en media hora… espérame".

Media hora.
Podía ir a su casa entonces ¿Por qué no? Éramos amigos. Somos. Estaba a unas cuadras ¿Por qué no saludarlo? De repente estaba, o de repente no. De repente me encontraba una chica al terminar de subir las escaleras.

-¡Hola! ¿Buscas a alguien? – no pude evitar preguntar.
-Sí, a Gerardo-  respondió.

¿Casualidad? No. O de repente, quién sabe. Toqué el timbre.

Era amable, simpática y tenía una guitarra.
- Ah, ¿Son de la misma banda?- continué, más por curiosidad.
- No -sonrió- aunque aspiro a serlo -y sonrió- ¿Y tú? Una amiga de su universidad supongo…

Iba a decir que sí, pero la puerta se abrió de repente. Estaba impecable, bien vestido, como si estuviera apunto de salir a una cita. Sí, eso era.

“Hola Emma” atinó a decir. Fue una incómoda situación seguro, pero saludó de lo más normal. Recordé lo que hablamos la última vez afuera de esa casa. “No esperare por ti por siempre” había dicho. Sí, me di cuenta. Yo solo fui a saludar a un amigo, un amigo con el que compartí mucho, con el que conversé tanto y hasta donde sé, conocía bastante. Tal vez más de lo debido; tal vez por eso no se dieron las cosas.Y ahora me sentía mal tercia.


Después de eso, solo cruzamos unas cuantas palabras vanas. Entraba, salía, volvía a entrar. Algo dijo de sus llaves. Sonó el celular. Era Dante. Bajé las escaleras ¿Cuánto tiempo habría estado allí?

Volvimos a las calles a seguir nuestro, desde un principio, improvisado itinerario: Rimac, Plaza de Armas, Av. Arequipa. Centro Comercial Arenales. “¿Por qué sonríes?” “No, por nada”.Yo lo sé, ¿Es de incertidumbre? No. Es de gusto. Con toda la sinceridad del mundo, y con todo el agradecimiento posible, espero que en adelante todo te vaya bien. Vuela amigo y sé feliz.

viernes, 20 de julio de 2012

Centímetros...

Desanimada. Caminaba despacito como si eso fuera a impedir que llegara hasta ella, y cuando por fin había dado el último paso suspiré con desgano. Estaba frente a mí la muy perversa, toda altanera ella, recordándome que arriba de mí todavía existían varios numeritos...
Tenía que enfrentarla. Desde hace años que no me la encontraba. Hubiera preferido que Artemis me arañara todita o que "hermanita" me cantara toda la noche; pero ni modo: ahí estaba. Me paré junto a ella, esperé a que Anni pusiera la marca, y que por fín, sentenciara:
-Ya está.
La muy maldita había atacado. 
-¿Subí?
- 1.43
Uno y cuarenta y tres. Yo hubiera esperado un cincuenta. En realidad lo hubiera deseado. El 'cuarenta y tres' era algo predecible. La última vez. La última. Allí me quedaré por no tomar leche, por ser floja al ejercicio, por haber pasado los 16 y tener 19.
- ¡Sigues siendo tan mona Emma!
Bueno, qué hacer, ya no queda de otra. Pero me ofende. Después de todo la de dos metros me ganó la batalla. La culpa no es de la cinta, lo sé, pero ¡Cómo la odio! Tiempo tras tiempo, teniendo esta misma confrontación.
Sí. Ser pequeña puede tener sus ventajas. Siempre me gustaron los chicos más altos que yo, entonces quiere decir que las probabilidades de que mi futuro novio sea de mi misma talla, -lo que aún así yo sea larguirucha hubiera detestado- son prácticamente nulas. Y por lo demás, ya estoy acostumbrada: las bromas que me hacen tanta gracia, en los conciertos siempre voy adelante, llevo mi documento de identidad a todos los lugares... 
También está eso de ser mona, como dice Anni. 'Tú no te preocupes, pones los ojitos mirando hacia arriba y las manitos como te enseñé y nadie se mete contigo! Eso si no te conocen, sino solo eres tú y arremetes con todo...'
Y mientras ella sigue hablando yo tomo mi sillita, sonriéndome, ¿quién se atrevería? pienso, si a la primera que me toquen yo la destrozo toditita, así mida metro ochenta, solo imagino que es esa cinta medidora y ya, está hecha. Tomo la tiza, marco mucho más arriba de la mía y digo: "¡Hermanitaaa! ¿Y si te vuelves modelo? Ya vas para el metro setenta!