Hoy definitivamente fue un día muy agitado. Me siento, en verdad,
cansada, pero no podía evitar escribir sobre esto. Sé que días llenos de
rarezas son los frecuentes en mi rutina que se empeña en no ser rutina, pero
hoy particularmente Yahvé, Kamisama, Alá o el kharma me cogió como sujeto de
muestra.
Torpe para caminar lo he sido siempre. Tropiezo con todo lo que se pueda llamar piso. Lo peor es cuando de la nada aparece un poste vengativo que me estampa la frente, pero nunca falta algo que me recuerde que puedo hacerme profesional en esto. Terminando mi examen parcial literalmente volé diez escalones de una manera épica. Me vi en cámara lenta cayendo al suelo, mientras escuchaba la voz de Liz modificada con efectos de cine diciendo "Emma nooo" en una versión gritona de un "yo soy tu padre". Y justo como en los films americanos, después de la tragedia no podía faltar el momento cursi en que viene el protagonista masculino a salvarte de la situación, solo que este no era Peeta, ni Grey, siquiera un Jacob friendzoneado. Se acercó un muchacho larguirucho ¿Te encuentras bien? ¿Te caíste? Quise responder "no, estoy mirando de cerca el piso" pero estaba aplicando la ley de la atracción: no me he fracturado nada, no me he fracturado nada... Hasta que escuché el típico "Déjame ayudarte". Mi vida está escrita para una escena de comedia romántica, pensé, pero se quedó en comedia, porque ni bien pude ponerme de pie, a la única que vi fue a Lichi, y un chico yéndose rapidito. Mientras me sentaba para estabilizarme presentía que Liz diría algo. Por supuesto no fue un ¿Te sientes mejor? sino un "qué chico tan monse". Risa y aquí nada pasó.
Como actividad para recolectar fondos para la elaboración de
nuestra revista, nos decidimos en hacer una Picaronada. Los que me leen deben
imaginarse un dulce hecho de masa de harina de trigo, bañado en miel de
chancaca. Uno de los gustos que nos damos en Perú, que sirve en estos casos
para financiar boletines.
Las ventas fueron un éxito. No me quedé
hasta que acabara, pero en el momento que salí la fila parecía que no iba a terminarse
nunca. Cuando llegó nuestra hora de atender, según la tradición frenética de
Maya, no podíamos salir sin que nos adornara con algo. Así empecé a servir
picarones con un alambre en la cabeza enrollado por una tela con puntitos.
Nunca había tenido un enfrentamiento contra bolsitas rebeldes que se volaban,
platos que no se despegaban, y embudos melosos. Aunque supongo que tan terrible no estuve... Creo.